miércoles, 3 de septiembre de 2014

TERCERA SESION

                           "Tercera sesión"  (Autor: Lupercus Eyre o Hulk_)


No podía marcharme… notaba una fuerza que me lo impedía y que resultaba totalmente desconocida para mí.  El sentir que pertenecía a otra persona me había hecho libre de mis fantasmas y miedos anteriores, y a la vez me había atado inexorablemente a un futuro y a una forma de vida que, además de llenarme, me permite ser totalmente consciente de lo que soy y disfrutar plenamente de ello.
Mientras bajaba las escaleras, en dirección al andén del tren que me llevaría de regreso a casa, podía sentir cómo la correa tiraba de mi cuello y me invitaba a quedarme allí para servirle y amarle.  Súbitamente me llevé la mano hacia donde mis pensamientos me hacían sentir la presencia del collar de negro cuero que me había regalado y que, desde el momento en que Él me lo puso, permanecía inseparable rodeando estrechamente mi garganta… Y efectivamente seguía ahí, oculto bajo la lana de mi jersey de cuello de cisne que me permitía mantenerlo a salvo de miradas indiscretas que, a buen seguro, se habrían preguntado por el motivo de que pendiese de la negra correa esa tintineante argolla de acero pulido y brillante que yo, mientras repasaba ansiosa mis recuerdos, mantenía ahora presionada contra mí por mis dedos y que era la prueba de que no había sido un sueño… Por fin pude dejar de pensar por un instante en todo aquello y comencé a sentirme real entre la gente al subir al vagón que me correspondía en mi convoy.
Desde el asiento, una vez estuve acomodada, me sumergí rápidamente en la memoria de todo lo vivido esos días… Recordaba lo extraña e inesperadamente fácil que todo había sido desde el comienzo… Yo esperaba haberme puesto nerviosa, sentirme insegura, incluso desanimarme y quizá dar media vuelta e irme antes de llegar a la cita.  De hecho, semanas atrás, en el chat, Él me había advertido e instruido sobre el cómo recibir y autodominar las sensaciones de tensión, duda, nerviosismo que se sienten horas antes de la acordada sesión, durante el trayecto que te transporta hasta el lugar de la cita; constituyendo todas esas ya intensas sensaciones preliminares lo que Él denomina "la primera sesión", y que tan real es como la sesión para la que yo creía sentirme preparada pero también resultó tan inesperada que acrecentaba mis ansias al sentir que esta "primera" empujaba hacia un segundo escalón el deseado encuentro…  En cambio, sentada ahora a la espera del pitido que señalase la partida de mi tren de vuelta, todos esos recuerdos iniciales, junto con lo que sentí tan intensamente durante ese fin de semana se agolpaban en mi mente y afloraban conformando en mi rostro una tan amplia como complaciente sonrisa junto a un cúmulo de gratas sensaciones que Él ya predijo que sentiría durante mi camino de regreso y que definió como "la tercera sesión".  Primera, segunda y tercera sesiones que se entremezclaban y aparecían en mi mente como una única fantasía hecha realidad que hacía sentirme tan libre en mi mundo convencional como tan presa de Él en su mundo, ese mundo que ahora también empezaba a ser el mío a partir de haberme entregado sin reservas y con la extraña e imborrable sensación de haber sido todo muy fácil a su lado.
Recordaba lo claro que ambos lo habíamos tenido desde el principio, la confianza que me daban sus palabras mientras conveníamos la cita, la inusual rapidez con que me había convencido aquel hombre al que no conocía de nada pero que, a medida que hablábamos en el chat, era como si le conociera de toda la vida… Y fácil y simple fue el cómo al ver el coche con el que me recogería, y que me había descrito por teléfono unos minutos antes, no dudé ni un momento y abrí primero el maletero para meter mi equipaje sin ni siquiera haberle visto aún su rostro, y seguidamente me dirigí totalmente confiada hacia la puerta del lado opuesto al conductor para abrirla como sólo se abre la del propio hogar, sin pensar que detrás haya ningún tipo de peligro… y me senté con un simple  - ¡hola! -  al que siguieron dos besos de amistoso saludo como única presentación.  De camino a su casa, enseguida y sin ningún esfuerzo ni rebuscamiento, encontramos varios temas de amena conversación que, curiosamente, nada tenían que ver con la cuestión para la que nos habíamos citado, y a medida que encadenábamos temas e íbamos comprobando que compartíamos gustos y
opiniones, no dejaba de sorprenderme que todo seguía siendo extrañamente fluido y sencillo ya frente a Él.
Al llegar a su piso fue cuando comencé a cobrar verdadera consciencia de dónde me había metido realmente y los nervios, hasta ese momento contenidos, dominados o disimulados, ahora se abrían paso a borbotones agolpándose en la punta de mis extremidades, las cuales parecían querer comenzar a temblar al contemplar, tras abrirse la puerta de acceso, varios collares de cuero colgados del perchero del vestíbulo…
  – ¡Elige el que prefieras y póntelo! – …me señaló Él con voz firme aunque con tono amable y sin desdibujar de su rostro la sonrisa serena que desde el principio me había regalado y que le otorgaba un aire de hombre educado y racional que me había ayudado a mantenerle la confianza. 
Quizá esa confianza ganada por la palabra no me hizo salir corriendo sino que traspasé el umbral de la puerta sabiendo que, una vez dentro, Él me iba a hacer sentir más cómoda.  Ver todos aquellos collares y, de improviso nada más llegar, tener que elegir yo misma el que me iba a subyugar y convertir en su sumisa, he de reconocer que me produjo algo de bloqueo mental y físico, y eso que iba preparada para ser sometida y que me sentía realmente decidida a ello, pero… ¿tres días seguidos?... ¡Ufff!, ¡quizás no lo había pensado bien!, aunque hacía tiempo que lo deseaba.  Sabía que muy posiblemente me asaltarían las dudas y que iba a sentir temor, e incluso miedo ante situaciones desconocidas o inesperadas como la de la visión de los collares, pero también que disfrutaría de ello, y ya ese solo pensamiento de goce y disfrute me hizo tranquilizarme un poco.  Seguidamente, y sin darme apenas tiempo, ni a que me hiciese con el nuevo entorno en el que iba a pasar ese largo fin de semana ni a que acomodase mi equipaje en habitación alguna, me preguntó si tenía sed –la verdad es que me sentía la boca seca tras el viaje y ese primer sobresalto– y, al tiempo que me traía de la cocina un refresco de cola, me invitó a que me sentase en el sofá…
  – ¿Qué tal te sientes? –… me preguntó con delicadeza y continuó… – Quiero que me digas con total libertad y sinceridad si, llegados a este punto, estás decidida a continuar.  No me gusta que me dejen las cosas a medias una vez comenzadas, y ahora estamos a tiempo de no dar inicio a nada para lo que no te sientas preparada o dispuesta a terminar.
Yo, en ese justo momento, deseé que Él recordase aquellas escuetas y directas frases que le dije el primer día que nos conocimos en el chat cuando, entre bromas y verdades, al verle con la arroba de OPeador del canal que le confería una cierta importancia en él, le abrí el privado y escribí en su pantalla: "¿Dónde puedo encontrar a un hombre en condiciones?... Busco un hombre que me use sabiendo tratarme con respeto y con mimos cuando él lo considere oportuno, pero que sobretodo sepa maltratarme cuando así lo considere oportuno". Me sentí urgida a expresarme para que no tuviese dudas sobre mí y mis intenciones de entrega…
  – Sí, me siento bien y quiero empezar para llegar hasta el final.  Es lo que he venido a buscar y quiero hacerlo contigo. 
El oírme decir esas palabras y el comprobar que él no perdía su agradable sonrisa me devolvió buena parte de la tranquilidad y la confianza de que disfruté durante el trayecto hacia su vivienda… Seguidamente conversamos un buen rato mientras yo apuraba el refresco de cola, dando un repaso a las bases del acuerdo pactado previamente y entonces me señaló desde el sofá, sin levantarse, la habitación en la que podía dejar mis pertenencias y que, enseguida, quise imaginar que sería en la que ambos pasaríamos la mayor parte del fin de semana… Cogí mi maleta y, al entrar, intenté disimuladamente localizar e identificar rápidamente sobre paredes o techo elementos como ganchos, poleas u otros utensilios que, en esos momentos, mi acelerada y desbordante imaginación querían ansiosamente descubrir… No aprecié nada extraño a primera vista.  Horas más tarde comprendí que quizá mi inadvertido nerviosismo me impidió ver dichos elementos que, aunque no siendo evidentes, no cabía duda de que allí habían estado siempre esperándome agazapados y en silencio.
Al salir de la habitación, en nuestro primer acercamiento me pidió de improviso que me desnudara; y sentí vergüenza inicial, pero lo hice sin mostrar ningún recato e intentando exhibirme dispuesta y entregada…
  – ¡He venido para ser suya! ¿o no? – …pensé.
Sin haberme dado cuenta de dónde había sacado todo aquello contemplé, en la mesa sobre la que momentos antes había depositado mi vaso de refresco, que ahora estaba repleta de cajas de cartón, con ropa y prendas de cuero de aspecto reluciente que denotaban un meticuloso mantenimiento y cuidado.  Abrió una caja plana y de buen tamaño de la que sacó unas botas preciosas, de cuero negro con caña por encima de las rodillas y con un taconazo de vértigo que pensé que me resultaría difícil caminar y mantener el equilibrio con ellas aunque, al mismo tiempo, al ver algunas correas y cuerdas que asomaban de un cesto que había depositado en el suelo junto al sofá, me vino la idea de que muy posiblemente no tendría muchas ocasiones de caminar.  Esa visión y esa idea asociadas me provocaron que me sintiese mojada súbitamente. 
  – Ten, póntelas, son de tu talla – … y extendió sus manos ofreciéndomelas cogidas por el borde superior dejándolas pender majestuosamente ante mis ojos en toda su extensión vertical, al parecer atraídas hacia el suelo por efecto de la gravedad, como agarradas invisiblemente por el fino y largo tacón de aguja.
Mientras terminaba de acomodar mi pie en el hueco de la última bota y me subía la cremallera que la cerraba ajustándola como un guante a mi pantorrilla, percibí que, de otro envoltorio cuidadosamente empaquetado, sacó y desplegó lo que enseguida comprendí que eran las piezas y cordajes de un corsé, de cuero negro reluciente como las botas. Tenía clara la imagen de ellos ya puestos, tersos y ajustados, afinando las estrechas cinturas de avispa que las modelos exhibían en fotos, pero nunca antes había visto uno sin poner y me costó unos segundos reconocer uno de ellos ante mis expectantes ojos, así, desmembrado en sus piezas semiplanas que no adquieren la peculiar y elegante silueta hasta ser ceñidas a la anatomía femenina… y, sobre todo, nunca antes había tenido uno en mis manos como tampoco había imaginado el considerable peso que aportan la gran cantidad de masa de cuero que hay en las flexibles pero gruesas piezas cosidas a mano, junto con las ballenas, corchetes de acero para cierre delantero y ojales metálicos traseros para el paso y tensado de los cordones de ajuste… Me hizo levantarme y me envolvió el torso con sus firmes brazos para ponérmelo y ceñírmelo bien ajustado.
Tras apretar los cordones del corsé y darle los últimos toques, me entregó unos hermosísimos guantes de fino cuero, a juego con el resto del vestuario, cuya longitud sobrepasaba el codo, por lo que Él me ayudó a embutir mis brazos en ellos y a subirlos hasta la posición adecuada… Mientras Él se esmeraba en estirar la negrura de la fina napa, le miré un instante… y la expresión de su rostro relucía tanto como la piel de mi atuendo, lo que interpreté como que se sentía satisfecho y que disfrutaba con su "creación"… Y de inmediato me indicó la posición de un espejo vertical de cuerpo completo que había en una de las paredes del distribuidor situado abierto hacia el salón donde nos encontrábamos y frente a la puerta de la que iba a ser nuestra habitación durante esos días.  Cuando me vi así reflejada en el espejo me encantó la imagen que vi de mí…
Tanto me deleitaba con aquella sensación visual y tan ensimismada permanecía contemplándome que no me di cuenta que, en realidad, aquellas vestimentas de espléndido y reluciente cuero negro eran la "piel de cordero" con la que, como ardid sibilino, Él me había disfrazado como cebo para así alentar el hambre de un animal depredador que se acercaba sigilosamente para atacarme sin yo percatarme de lo que me sobrevenía.  Ahí fue la primera vez que lo vi como verdadero dominante… ¡Qué sensación!, todavía se me pone la piel de gallina al recordar lo real que en verdad es todo esto y que, hasta ese momento, yo sólo había logrado apenas fantasear con la lectura de algún relato.
Se acercó a mí por detrás hasta pegarse a mi espalda... Yo pensé descuidadamente que venía solamente a verse conmigo ante el espejo… De hecho me relajé gustosamente cuando comenzó a
rozar mi cuello con sus labios… Pero ya era tarde para reaccionar cuando, al bajar levemente mi cabeza y cuando entornaba mis ojos placenteramente, mis retinas se deslumbraron por un destello metálico que, reflejado en el espejo, procedía del objeto que portaba una de sus manos tras de mí… Sin apenas darme cuenta me había esposado con las manos a la espalda y, en lo que me parecieron décimas de segundo, me estaba terminando de colocar una mordaza inflable, de esas de las que pende una pera de goma y que seguidamente hacía pasar, como camino ya conocido, por el orificio bucal de la máscara de cuero que también con habilidad y rapidez inusitadas me estaba ajustando a mi cabeza… Todo sucedió mientras yo quedaba como paralizada… No podía hacer nada sino confiar en Él, aunque los latidos de mi corazón los sentía acelerados y resonaban en mi garganta taponada por el volumen que el aire de la mordaza había hecho que ésta ocupase toda mi cavidad bucal sin poder emitir el más mínimo sonido.  También noté que mi sentido auditivo había quedado muy mermado por la máscara que envolvía mi cabeza…
Sólo podía ver, y lo que vi hizo acelerar mi ritmo cardíaco, cuando me giró bruscamente y a punto estuve de desestabilizarme desde la altura de mis tacones… Él se había colocado unos guantes de cuero y con gesto ahora serio y como concentrado en calcular algo, se disponía a colocarme una correa asida a la argolla metálica de mi collar mientras mantenía en la otra mano una fusta revestida de cuero marrón que se me presentaba amenazante por más que yo misma le había hablado anteriormente de que me excitaba mucho el pensar en que usase ese instrumento conmigo… Sin hablarme me hizo avanzar hacia la entrada a nuestra habitación dando un brusco tirón de la correa que unía su firme mano al collar de mi cuello… Ese físico y liviano nexo de unión me hacía sentir en sus manos, a su antojo, pero también me hacía sentir que le pertenecía, que era totalmente suya no sólo en cuerpo sino también en espíritu… Ansiosa y nerviosa por lo desconocido que sobrevendría pero al tiempo entregada, deseosa y confiada… Y me sorprendí a mí misma al notarme extrañamente excitada y claramente mojada… Estaba experimentando una extraña pero intensa mezcla de sentimientos contrapuestos indescriptible.
  – ¡Súbete a la cama y ponte de rodillas!… ¡Apoya la cabeza y el pecho sobre el colchón y mantén el culo alto y hacia el borde de la cama! – … me ordenó notándole ahora más firmeza en sus palabras.
Oía un ajetrear de cajones, cajas y bolsas… Y de pronto, junto a mi cara, que permanecía medio aplastada por mi peso contra el colchón y sin poder usar mis manos que mantenía esposadas a la espalda, Él arrojó y esparció algunos objetos que rápido comprendí usaría conmigo… unas pinzas metálicas para pezones que me sobrecogieron, un dildo anal, un vibrador de látex transparente con forma de pene de enorme tamaño que puse en duda el que me pudiera entrar… Y cuando más distraída estaba alcanzando a ver, con la dificultad de la postura, los objetos que había ido depositado sobre la cama, me sobrevino un estallido de escozor y dolor mezclados que continuó recorriéndome todo el cuerpo por bastantes segundos cuando ya el sonido seco del impacto de la fusta sobre mis nalgas se había apagado, y había hecho que dirigiera mis encendidos ojos hacia donde suponía que Él se encontraba…
  – No deberías haber dejado tu ropa sobre el sofá, y menos aún arrugada y sin ordenar… ¡Espero que no trates igual a la ropa que llevas puesta, o tendré que enseñarte por métodos que quizá no te agraden! – … dijo mientras yo permanecía algo confusa al entender la motivación del fustazo recibido, y añadió…
  – ¡Como tampoco debes levantar tu vista por encima de mi cintura!, ¿entendido? – … pronunció firmemente sin esperar respuesta, mientras deslizó la punta de la fusta por la escocida piel de mis nalgas… y me propinó otro fustazo que, junto con los que siguieron aquella tarde y los días siguientes, me produjeron algunas marcas que, aún hoy, ya de regreso a casa, y con mi trasero aplastado contra el asiento de mi vagón, noto y recuerdo con una enorme sonrisa mezcla de placer y gratitud que no se borra de la expresión luminosa de mi rostro.
Aquella noche dormí junto a él, desnuda en la cama, y esposada de tobillos y muñecas.  Los días siguientes se sucedieron en un sinfín de sensaciones placenteras como nunca antes había imaginado.  Pero la confianza ganada hacía que ya nada fuese suficiente… Incluso me fotografió (cosa antes impensable el que yo hubiera permitido a alguien tal cosa) en diversas ocasiones y posturas en las que yo sólo podía entregarme a Él sin más pensamientos precautorios.  Vi sus ojos brillar como el acero pulido de aquel gancho de la polea que, oculta tras de una viga del techo, hacía suspender en el aire una barra a cuyos extremos me ató las muñecas, forzándome también a mantener las piernas abiertas al estirarme de las tobilleras que encordó tensamente a unas argollas camufladas en sendas paredes opuestas del dormitorio donde anteriormente no había encontrado nada aquella primera vez que entré.  Me cegó y anuló todos mis sentidos, y me dejó a la espera por varios minutos, tiempo durante el que todo mi cuerpo permaneció en estado de alerta, en tensión absoluta, por no percibir ni lograr adivinar su localización ni sus acciones… pero no obstante me sentía totalmente segura en sus manos…  Tenía una bonita colección de fustas, varas y hasta un látigo largo que más tarde probó conmigo.  Realmente Él hizo todo lo que quiso conmigo, y que no era otra cosa sino lo que yo justamente también deseaba y esperaba…
Durante aquellos tres días, que me parecieron sólo tres horas, pude percibirle como si sus sensaciones fueran las mías; vi el cómo disfrutaba aquel implacable hombre, al que ya sentía como pleno Dueño de mi cuerpo y de mi mente, mirándome, observándome, analizando mis respuestas a sus interrogatorios, mis gestos, mi dolor, mi placer,  planificando cada una de sus acciones sin yo poder adivinar ni adelantar qué nueva situación me tenía preparada después de la anterior… Él era realmente imprevisible y eso me hacía disfrutar aún más a cada paso, con cada nueva circunstancia.  Había logrado que yo me desinhibiese por completo en un entorno que se me antojaba cada vez más morboso, excitante e intenso.  Y tan intenso era todo lo que mis sentidos y mi cuerpo percibían que cuando en ocasiones dejé de tener algún sentido o miembro liberado para seguir percibiendo, me invadió la ansiedad en algún instante en que yo me vi arrebatada de disponer de todo el dominio de mi cuerpo para sentir.  Él conocía y adivinaba, como un brujo, todas mis sensaciones extremas y situaciones límite, y se porto más que bien en esos instantes azarosos para mí.
La verdad es que, en el fondo, todo había sido tranquilo y relajado a pesar de la intensidad.  Sólo tuve miedo una vez y fue cuando, al verme esposada colgada de las muñecas y amordazada, sacó un montón de herramientas tales como destornilladores, tenazas, alicates, un martillo y algún clavo que fue poniendo a los pies de mis inmovilizadas botas… Ahí, por un instante, sí pensé que quizás me había ido a meter donde no debía; pero preferí no decir nada (aunque ahora me sorprendo a mi misma sonriendo al pensar que, físicamente, no podría haberlo hecho por la mordaza)... Por fin me tranquilizó cuando comprendí que esos objetos eran un mero decorado para algunas fotos más.  Sufrí mientras sacaba y usaba el látigo largo y me enseñó a adaptar mi mente para que, cuando no sepa lo que va a pasar, me relaje y disfrute. ¡Eso hago ahora cuando estoy con Él, y me encanta!
El tiempo pasó inexorable, y Él me tendría allí, completamente suya y entregada, sólo hasta la tarde del domingo… Pero me disfrutó sin prisa, se podría decir que saboreó cada uno de mis movimientos, gestos y sonidos hasta el último minuto en que nos despedimos dejándome en la estación para tomar mi tren de regreso.  Ahora, entre los recuerdos de mi "tercera sesión", mientras regreso a casa, me gusta pensar que también sufría conmigo en ocasiones, porque yo notaba que también amaba… Aún apenas me he separado de Él, hace poco más de una hora, ¡y ya le extraño y le ansío tanto!...
Él supo alternar con maestría justo lo que yo le expresé que buscaba cuando le escribí al conocerle mi ya famosa frase en el chat: "…un hombre que sepa usarme respetándome, mimándome, pero sobretodo que también sepa maltratarme…". Es muy hermoso el poder estar con una persona sin ningún tipo de mascara, sin tener que fingir nada, ayudándome a sacar de mi el animal oscuro que llevo dentro, pero también el ver una película estando a sus pies con su collar tensado por la correa asida a su mano, escuchar y aprender con cada una de sus palabras. Nunca había disfrutado tanto
de estas pequeñas cosas, pero el hacerlo para otro es realmente gratificante… recoger y limpiar la vajilla con la que hemos compartido alimento, doblar y ordenar su ropa, "gozar sufriendo" los juegos, los castigos… todo es alegre si lo haces por alguien que lo merece y lo disfruta contigo haciéndote sentir que le importas, que a pesar de las duras y frías apariencias externas de este tipo de relación, te atiende, se ocupa y se preocupa de ti, te mima, te hace gozar bajándote al infierno y subiéndote al cielo en un mismo instante… Ahora que lo tengo a varios centenares de kilómetros de distancia es cuando lo percibo más intensamente como Mi Dueño.
El viaje de regreso transcurrió muy rápido… o eso me pareció, porque no había hecho nada más que acomodarme en mis pensamientos de lo que constituía aquella "tercera sesión", la de las marcas y recuerdos que mi cuerpo y mi mente transportaban y conservaban, como cofres que guardan tesoros, para mi particular deleite, cuando tuve que enfrentarme con la realidad… y me percaté de que había llegado a la estación de destino… mucha gente, mucho ruido, colas y esperas.  E Igualito que cuando salí con Mi Dueño y con el collar puesto, como una de las noches por el centro de su ciudad, me sentí asaltada por el temor a que el gesto complacido y ensimismado de mi rostro delatara ahora mis alborotados pensamientos como si los llevase expuestos y grabados en la frente, al igual que permanecían las marcas de la fusta en mis nalgas… Pero el miedo al "qué pensarán", ahora, ya no me importaba nada, mis miedos de antaño habían desaparecido y ahora sólo siento y deseo que todo el mundo lo sepa para poder ser yo misma.
Cuando cogí el bus, desde la estación hasta mi casa, me senté en el último asiento, quería seguir disfrutando lo poco que quedaba de ese fin de semana tan especial para mí, y quería hacerlo sin la molestia de que alguien pueda mirarme… Y no por temor, sino por egoísmo… Quería todas mis sensaciones para mí sola y estaba segura de que mis caras seguirían siendo un poema mientras recordaba como gemía y como gritaba mientras se me permitía tener orgasmos y podía ver a hurtadillas la cara de satisfacción de Mi Dueño mientras los vecinos supongo que se enteraban de todo… Realmente no sé cuantos orgasmos tuve, ellos iban y venían sin ningún control por mi parte… pero recuerdo sentirme totalmente liberada, el peso que antes había sobre mí se marcho y no ha vuelto. ¡Gritar!, gritar por y para otro, y no poder ni querer hacer nada para evitarlo… ¡es muy muy hermoso!
Estoy llegando a casa… Introduzco la llave en la cerradura, abro la puerta y, al tiempo que enciendo la luz del vestíbulo, me aborda una conclusión con la misma claridad cegadora que emite la bombilla: La parte oscura de mi ser, ¡cómo no!, se encuentra dentro de mí, sigue ahí… pero ya no me asusta.  Lo aprendí junto a Él cuando sentí por primera vez el placer y el éxtasis que se siente al confiar en Él, al pertenecerle y al entregarme a sentir por y para Él… Y ya, ¡ningún temor!, ¡ni una decisión propia más!, solo felicidad y realidad… Aquella mi primera noche con Él dormí esposada y, ahora que estoy lejos de Él, me siento aún más esposada a Él, y así deseo permanecer… hasta que  Él  me lo permita.

1 comentario:

Start up dijo...

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