martes, 15 de abril de 2014

raquel del LXVI al LXX


LXVI 

Nunca me había gustado tanto
ir a la biblioteca a estudiar.
Al principio no entendí ese interés;
me gustaba, pero no lo entendía,
porque nadie más quería que fuera.
Piensan que es un capricho pasajero,
una forma de llamar la atención.
No saben que ya es nuestro capricho
ni que tampoco es pasajero,
ni que deseo que me olviden,
que se cansen de mí.
No saben nada.
Es mi vida. Tú lo sabes y quieres
que siga adelante. Te prometo
que, pase lo que pase, acabaré
lo que he empezado.
Y te lo debo a ti.


LXVII 

Como no sabían que era imposible,
lo consiguieron.
Algo así escribirán en nuestras tumbas.
Así veo nuestro futuro.
¿Mi premio? La vida a tus pies.
¿Mi premio? Reposar junto a tu cuerpo.


LXVIII

Tienes razón, señor.
Me gusta más lo que has escrito tú:
Como no sabían que era imposible,
consiguieron amarse libremente,
como ellos deseaban.


LXIX

Nadie cuenta conmigo.
Nadie ha contado nunca conmigo,
desde que cumplí los diez años
y me quitaron a mi madre.
Cuando veo sus fotos,
las pocas que me quedan,
cuando escucho sus discos,
cuando voy a su árbol, imagino
que tú eres como ella,
que tú también me necesitas
para crear tu mundo,
que los dos habitamos
ese mundo tan bello.
Y sé que ella
me mira muy contenta desde el cielo.
¿Crees en el cielo?
¿Crees que estará orgullosa de nosotros?
¿Contaremos a nuestros nietos
nuestra historia?


LXX

Me sentí siempre una muñeca
sin voz.
Una muñeca con la que jugaban
todos a las casitas
como si fuera tonta,
como si no tuviera nada que decir,
como si no supiera hablar,
como si la vida se me escapara
de entre los dedos de la mano,
como el humo de los puros que fumas,
como si no sintiera,
como si no pudiera
sentir la vida.
¡Que ciega he estado!
Me has devuelto la voz y la mirada.



Aklan.

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