viernes, 27 de septiembre de 2013

Relato por Jeysa

Llamamos a la puerta, estábamos expectantes, nerviosos y como no excitados por la idea de asistir a una sesión, la primera sesión, a la que acudíamos. El abrió la puerta, con ropa cómoda pero sin restar estilo. Nos condujo al interior, a la cocina, donde nos ofreció una copa, allí estaba ella, casi no nos miró, ni nos dirigió la palabra, ni siquiera hizo falta que su amo le dijera lo que tenia que hacer, se puso a prepararnos una copa, fue el quien preguntó que tomábamos y ella obedecía. Que buen amo y que buena sumisa. El pelo largo, cuidado, las uñas perfectas, el maquillaje justo, tacones altos y negros, medias de seda de encaje, y solo una camisa, una camisa de hombre, de tela clara que dejaba adivinar una ropa interior minúscula de color negro. 


En un momento de la conversación el la atrajo hacia si, colocándola justo delante suyo, la miraba y le sonreía y ella aceptaba el halago, el tirón del lateral de la braguita pudo escucharse desde la habitación contigua, su mano derecha subió por su muslo y bajó por la entrepierna hacia el interior de sus braguitas, y la izquierda, desabrochó un botón mas de ese atrevido escote que solo las camisas masculinas saben dar. Extrajo el pecho derecha de ella de su débil prisión, sus pezones adornados con piercing, se sometían a los deseos de unas manos poderosas expertas y que sin duda sabían lo que hacían, mientras que el movimiento de la mano derecha, acompasado con el de sus caderas y gemidos, nos hacia pensar que uno o mas dedos andaban mas dentro que fuera de ella. 

- ¿Te gusta mi sumisa? Esta mañana se ha portado bien y por eso le he dejado que se ponga la ropa de su amo, a ella le encanta eso, y solo le concedo ese honor cuando es condescendiente con los deseos de su amo, pero pasad a la sala, voy a ponerle algo de comer a esta perra.

Nos sentamos y acto seguido apareció el, traía una especie de cuenco de plástico, como el que tienen los perros para comer, no pensábamos que lo de "ponerle de comer a esta perra" era literal, pero parecía que si. La traia atada de un collar ancho a su cuello, caminaba a 4 patas y esta vez venia completamente desnuda. El amo se sentó en un sofa al lado nuestro.

¿Puedo? -Pregunté mirandole a el-Claro, adelante. En la mesa había un cuenco con frutos secos, cogí unos cuantos con la mano, pero no se los puse en su cacharro, se los acerqué a la boca, Yo sentado en el sofá, mi mujer a mi lado y ella a 4 patas, desnuda, comiendo de mi mano, al principio tímida, los cogía con los labios, poco a poco parece que le gustó y sacaba la lengua buscando los restos de sal entre mis dedos, confieso que pocas veces he sentido tanta excitación.

Me atreví a introducir un dedo dentro de su boca y mi imaginación se desbordó. Aunque miraba a su amo repetidamente buscando su aprobación en cada uno de mis actos, el parecía disfrutar del espectáculo. Mi otra mano, le acarició el pelo, recorrió su espalda y fue a parar a sus nalgas, donde terminó mi exploración con un sonoro cachete que hizo que sus ojos me miraran, juraría que pidiendo más.


-Esta si es una buena sumisa, como se nota que está bien domada- mis palabras parece que agradaron a su amo, porque seguidamente se estiró en el sofá, cogió el mando de la tele y dijo:

Pues si os gusta, hacer con ella lo que queráis, os la presto esta noche, es vuestra, me da igual lo que hagáis, me importa una mierda esa perra.

Esas palabras llenas de indiferencia y de desprecio hubieran sido un insulto para cualquier mujer, en cambio a ella parecieron complacerle. Como envidio y admiro a este hombre. Decenas de pensamientos se agolpaban en mi mente, a cada cual mas obsceno que el otro, con la única intención de someter a esa sumisa, de llevarla a los limites de la decencia, que se sintiera una escoria y despojarla de todo orgullo y dignidad, siempre con el beneplácito de su amo.

Pero no se por qué, quizás por ser el único motivo que tenía para estar allí, quizás por que a mi tampoco me importaba nada, quizás por que aparqué mis deseos o quizás por que era lo que deseaba: la agarré del pelo con la fuerza suficiente para obligarla a que me mirara, mientras le cogía la cara por la mandíbula inferior y acercándomela a la cara le espete: QUIERO VER COMO LE COMES EL COÑO A MI MUJER HASTA QUE SE CORRA EN TU BOCA... PUTA.


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