viernes, 30 de agosto de 2013

raquel, IV y V.

IV

Algo estaba ya escrito:
mi madre es canaria y lloraba por ti
cada mañana,
cuando algo le acercaba
a tu desdicha,
que también fue la suya.

Mi infancia fue canaria.
Veranos en Vegueta
y días en la playa
acumulando salitre volcánico.

Así era fácil
que escuchara tu historia
de niña casi huérfana, invisible
ángel expulsado del paraíso
con sólo doce años.
¡Dios, cuánto dolor debiste sentir!
¿Dónde estaba yo entonces?


V

Las noches no conocían las horas.
Sólo eran el preludio
de los días que pasaban veloces
y de más noches que aún llegarían.
Queríamos comernos cada instante
porque ambos sabíamos
que en cualquier momento nos volvería
la razón: a ti o a mí. Enero fue un mes frío,
y la falta de sueño
nos iba devorando.
Las palabras llegaban a deshoras.
Todo era tan distinto
de lo que ya conocíamos
que parecíamos adolescentes
reconociendo el mundo,
y yo tenía ya cuarenta años,
y tú tan sólo veinticuatro.
¿Quién era el desfasado?

La luna está preciosa.
Te dejo en ella un beso
directo al corazón.
Por cierto, ¿dónde están las islas Fiji?
¿En mis pechos, señor?


Aklan.

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