viernes, 30 de agosto de 2013

raquel, III.


He acabado aquí por mí mismo.
Eso es todo. Nadie más es culpable.
Ni los siglos de educación estúpida,
ni los libros que ya había leído
antes de conocerte,
ni todas las historias
que te contaba
para engañarte y atraerte al mundo,
ni el semen que manaba de mis manos.
Ni tan siquiera tú eras culpable
cuando me hiciste creer que eras mía,
la costilla que falta;
el líquido amniótico
donde todos creemos que somos felices;
el vínculo escogido; el principio;
mi luz en cada noche;
la luna de Aklan;
los restos de una vida que no es vida;
la música que suena en mi contestador:

“pensando cada día, cada noche
pensando en ti.
Caminando, mi cesta llena de moras,
son para ti.”

Y ahora sé que sólo poseo un nombre.
Es hora de decirlo: sólo un nombre
y fotos, en las que posabas para los otros
mostrándome tu cuerpo,
pensando en enviármelas.
Sólo un nombre y los textos que escribías
y después me leías, y las fotos
y tu voz, la voz que habita mis sueños.

Aklan.

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