miércoles, 28 de agosto de 2013

raquel, II.

Hubo un tiempo en que quise describirla,
quise contarlo todo
con palabras corrientes y no pude.
Nada estuvo a su altura,
ni una palabra mía
llegó a estar a su altura.
No podía explicar lo que pasó.
He soñado con todas las palabras que dijo.

Vivimos en un mundo de palabras.
Mi semen nunca fue tan puro.

Nada fue tan hermoso y no fue nada
más que un año de insomnio y de locura.
Su madre falleció un mes de mayo
cuando ella tenía doce años.
Siempre supe que ahí empezó todo,
con su alma invisible,
con las manos escritas con silencios
y el cuerpo roto,
varado en una playa de La Palma,
mirándose hacia dentro,
donde no quedaba más cielo que sus ojos.
Siempre supe que ahí empezó todo.

Cuando volvía a casa
su voz y sus palabras me esperaban
en cualquier sitio,
asomadas al ventanal
que daba al monte San Ginés,
en el contestador, mirando al sur
o en las hojas amontonadas del calendario
(marcaba con un círculo los días
que escuchaba su voz).

Planté un huerto para ella.
Puse un columpio en nuestro pino.
Por ella di cobijo
a animales y hombres que acudían
a mi casa a conocer nuestra historia.
Venían famélicos, hambrientos de desdichas.
Yo los alimentaba.
Fumaban unos puros de La Palma,
en los que adivinaba
el olor de sus muslos;
me hacían compañía
y se iban, dejándome agotado.

Gracias por el sudor, que era cierto.
Gracias por el cansancio, que era cierto.
Me salieron ojeras y eran ciertas.
Gracias por las ojeras,
violetas asesinas,
el signo de los tiempos
dibujado en mi cara.

Aklan.

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