miércoles, 6 de febrero de 2013

El arte de complacer.

El dolor que la cera infligió en su piel no se parecía a ningún otro tipo decastigo que hubiese experimentado en manos de su amante. A cada llamarada de calor le seguían el aliento y luego la lengua de Colin, para refrescarle la piel. Con cada gota, su sexo se contraía casi con brutalidad alrededor de su pene. Era la forma en que su cuerpo le hacía saber que lo que más le gustaba era el dolor, la chispa de algo que estaba más allá de lo convencional. Mentalmente,se sentía arrastrada a un nivel superior al prepararse para la siguiente inevitable gota de cera ardiendo, y físicamente su cuerpo se acercaba a la cumbre del orgasmo de forma mucho más rápida que si Colin se hubiese limitado a frotarse entre sus muslos.

 —Te gusta, ¿verdad, cariño?

Lissa respondió con un sonido gutural procedente de las profundidades de su garganta, y deseó que Colin lo entendiese como una afirmación.

—Dime por qué te gusta.

No tenía intención de dejar que se librase tan fácilmente, estaba claro. Quería hacerla hablar. Cada nuevo encuentro con él era como un examen en el que ella siempre tenía que esforzarse al máximo para aprobar. Los dedos de Colin recorrieron las gotas de cera que ya se habían solidificado sobre la piel, desde la nuca hasta la base de la espalda. Allí se detuvieron y separaron las nalgas. Lissa aguantó la respiración mientras él le dejaba el ano al descubierto. ¿Acaso pensaba dejar caer cera allí también?

—Dime —insistió Colin.

Ella respiró profundamente. ¿Qué se suponía que debía decir? Es más,¿qué podía decir? No tenía ni idea de por qué le gustaban todas aquellas cosas que hacían juntos. De lo único que estaba segura era de que su cuerpo no mentía y siempre respondía rápidamente, y con mucha fuerza, a cada uno de los jueguecitos que Colin preparaba para ella.

—Lissa... —dijo él, avisándola, esperando su respuesta. En el espejo de cuerpo entero que tenía a su derecha, ella pudo ver que Colin se había llevado la base de la vela a la boca y la estaba chupando. Supo qué estaba a punto de ocurrir un segundo antes de que pasara. Sin embargo, saberlo no la preparó para aquella extraña sensación de intrusión. Colin fue introduciendo lentamente la vela cada vez más adentro, con el pene todavía en su vagina, y luego empezó a penetrarla de nuevo, sólo que ahora era como hacerlo con dos hombres a la vez. Entraba y salía con ambos penes a la vez, el natural y el artificial, y el placer resultante era tan intenso que Lissa quiso gritar sobre los tejados de la ciudad. En lugar de eso, se mordió el interior de las mejillas, tratando de mantener el control sobre sus impulsos.

Sabía que Colin aún esperaba una respuesta.

—Me gusta porque... —empezó con una voz casi inaudible, un susurro.— ¿Sí?—Porque ya no tengo que pensar más. — ¿Era eso? Cuando se ponía en sus manos, sus propias responsabilidades desaparecían. No tenía elección, ni voz ni voto. El ejercía un control total, y había en aquella pequeña dictadura algo que le resultaba inmensamente satisfactorio. Colin pareció conformarse con aquella respuesta. Más que eso, era lo que se esperaba. Cuando habló de nuevo, Lissa creyó captar cierto tono de suficiencia en su voz, como si en todo momento hubiese sabido lo que ella iba a responder.

—Mírate —le dijo. Por un momento, Lissa creyó que le estaba advirtiendo que no le desobedeciera. Entonces se dio cuenta de que quería que volviese la cabeza hacia la derecha, donde podría ver su propia imagen en el espejo que colgaba de la pared. »Qué bonita eres —continuó él,  esta vez con un tono distinto, lleno de admiración. Lissa observó su reflejo mientras él le metía la vela cada vez más adentro, aunque ella ya se sentía llena más allá de los límites. Sus músculos se contrajeron alrededor de aquel objeto extraño, oprimiéndolo con fuerza y luego dejándolo libre de nuevo, mientras su cuerpo estaba cada vez más cerca del clímax. No aguantaría mucho más. Ambas sensaciones, el cilindro de cera y el pene de Colin, se fundían en una que la llevaba cada vez más cerca del límite.

—Estoy a punto de... —murmuró Lissa—.

 Oh, Dios, Colin, voy acorrerme.

De pronto él se apartó de ella, la cogió de la cintura y la llevó hacia el espejo. Rápidamente le hizo poner las manos sobre la fría superficie, frente a su propio reflejo, con aquellos brillantes ojos verdes mirándola directamente. Ojos de lobo. Las palabras estallaron en su mente mientras se corría.

 ¿Quién había dicho aquello?

 ¿Quién los había llamado de aquella manera?

 Colin volvió a penetrarla, por los dos sitios, a un ritmo cada vez más rápido, alejando cualquier pensamiento que no tuviera que ver con lo que estaban haciendo.

Enfrentada a su propio reflejo, a Lissa no le resultaba nada fácil mantener los ojos abiertos. Sin embargo, sabía que aquello era precisamente lo que Colin quería. Le había encomendado la misión más complicada de todas y ahora estaba esperando a ver si obedecía. Lissa respiró profundamente y se concentró en su propio rostro, en sus labios abiertos, en sus mejillas sonrosadas. Su larga melena, aún húmeda de la ducha, caía formando tirabuzones sobre su espalda. 


Colin le sujetó el pelo con una mano y tiró de él hasta que la barbilla de Lissa se fue elevando y la imagen en el espejo le devolvió una mirada desafiante.

 ¿Me estás mirando a mí?, parecía decir suálter ego. No hay nadie más. Debe de ser a mí a quien miras.

Las velas le daban al reflejo una apariencia casi mágica. La luz dorada parecía derretirse a su alrededor y Lissa tenía la sensación de estar mirando una imagen oscurecida por el agua, profunda y brillante a la vez. Su propio reflejo le recordó a las mujeres de las pinturas prerrafaelitas, flotando en el ríncon un halo de luz que las envolvía.

 Para cada fase de su vida, para cada momento, existía una obra de arte equivalente.

—Córrete para mí —ordenó Colin—.

 Córrete gritando.

No podía obedecer aquella orden, no en un hotel rodeados de gente que podía oírlos. No con la ventana abierta.

 ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo podía pedirle algo así?—

 ¡Ya! —insistió Colin, y Lissa, a pesar de no creerse capaz deobedecer, sintió cómo su cuerpo respondía y alcanzaba el orgasmo, uno muy intenso, rápido y ruidoso, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, y el cuerpo sacudido por espasmos increíbles.

—Ésta es mi chica —le susurró Colin al oído—.

-- Mi chica especial.


1 comentario:

Amo Bluejeans dijo...

:) te gusta el pelirrojo ;)